Su propio infierno (Nicolas Winding Refn, Estados Unidos-Dinamarca, 2026)

El director de Drive nos trae su nueva pesadilla estética entre el videoclip y la ultraviolencia, el desasosiego… y el sopor de una película lenta y manierista hasta el agotamiento.

Desde Drive, una grandísima película para mí, lo único que parece haber sabido hacer realmente bien Nicolas Winding Refn es hacernos amar el neón. Es un director tremendamente preocupado por la estética, por una estética completamente videoclipera, publicitaria, obsesionada con las luces de neón, las sombras y el cuerpo femenino. También con la ultraviolencia y con la manera de utilizarla en situaciones de poder: el deseo y las emociones están siempre presentes, pero contemplados desde una perspectiva de poder que puede desembocar en situaciones de extrema violencia. En Su propio infierno, todo ese aparato visual vuelve a estar ahí: una fotografía apabullante, una música que contribuye a la experiencia sensorial, una dirección artística muy interesante e incluso unos efectos especiales bastante conseguidos. El problema es que, detrás de todo ese envoltorio, cuesta encontrar qué quiere contarnos realmente la película.

La ausencia total de verosimilitud en la historia que se está contando hace que, en muchos momentos, parezca una especie de pataleta de niño pequeño: «No, ahora la historia va a virar hacia esto y se va a convertir en esto otro». Y ahí es donde aparece lo que yo llamo una película ombligo: aquellas películas de cineastas que ya han realizado suficientes obras como para tener un sello propio y ser reconocidos por su nombre, y que terminan haciendo películas para ellos mismos, sin importarles demasiado que al otro lado de la pantalla hay un espectador. Su propio infierno da constantemente esa sensación de estar concebida de espaldas al público, como si lo único importante fuera satisfacer las obsesiones de su propio creador.

Por tanto, la película es una suerte de fotografías preciosísimas, increíbles y ultramodernas, acompañadas de una música apabullante, construidas alrededor de una historia a la que resulta difícil encontrarle sentido. Los personajes tienen un desarrollo completamente vacuo y absurdo y, para rematar, aparecen algunos momentos de relajación o ciertos elementos humorísticos que parecen intentar rebajar la intensidad de la ultraviolencia que estamos contemplando, para que esta no termine resultando demasiado burra. El problema es que esos momentos cómicos, en una película que no parece querer ser cómica, terminan resultando incluso más desconcertantes.

El problema de este cineasta, creo yo, es que no ha entendido que esa estética estupenda y maravillosa que funciona tan bien en un videoclip no se puede extender durante una hora y cuarenta y cinco minutos —o dos horas— sin aportar algo más que nos permita mantener el interés durante todo ese tiempo. Si quiere prolongar esa estética hasta convertirla en un largometraje, tiene que haber algo más detrás de ella. Y ahí es donde Nicolas Winding Refn debería dar, de una vez por todas, mayor importancia al guion en sus películas. Porque cuando lo hace, cuando el guion también importa, como ocurre en Drive, entonces nos encontramos ante una gran película.

Festivales y premios: Festival de Cannes 2026 (fuera de concurso)

 

Sinopsis: Una misteriosa niebla envuelve una metrópolis futurista y libera una presencia letal y esquiva. Una joven atormentada busca a su padre, y su búsqueda se cruza con la de un soldado estadounidense que intenta rescatar a su hija del infierno.

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