LA LUZ (Fernando Franco, España, 2026)

Fernando Franco es uno de esos cineastas cuyo cine no se ve, sino que se siente, se sufre y se padece. Un cine lleno de dolor, de rabia contenida y de incomodidad constante por eso que llamamos humanidad. Desde La herida hasta Morir o La consagración de la primavera, su filmografía ha estado habitada por personajes al límite, rotos por dentro, que intentan sostenerse en un entorno emocionalmente devastado. En La luz vuelve a ese mismo territorio, pero lo hace con una sequedad todavía mayor, con una contención que vuelve la experiencia aún más incómoda y difícil de atravesar.

La película arranca con un sacerdote que quiere dejar los hábitos para poder vivir su sexualidad de forma plena junto a un joven del que está enamorado. Ese punto de partida, que podría apuntar a una salida vital o incluso a un relato de liberación, pronto se transforma en un recorrido mucho más oscuro. El proceso personal del protagonista deriva en una toma de conciencia progresiva, dolorosa y casi insoportable sobre el daño que ha podido causar en su pasado. A partir de ahí, la película deja de ser una historia de apertura y se convierte en un descenso hacia la culpa, donde no hay posibilidad de huida fácil.

En la dirección, Fernando Franco renuncia por completo a cualquier tipo de ornamento. No hay voluntad de embellecer ni de subrayar emocionalmente lo que ocurre. Su puesta en escena es seca, contenida y casi invisible, pero precisamente ahí reside su eficacia. Todo está subordinado a la interpretación y al peso del propio conflicto. Es un cine que confía en el silencio, en la duración de los planos y en la incomodidad que genera sostener la mirada.

El guion encuentra su principal fortaleza en la construcción de un personaje lleno de claroscuros, un estudio psicológico complejo que avanza hacia una desestabilización progresiva, casi al borde del colapso. No hay un recorrido amable ni ordenado, sino una deriva constante hacia la confrontación con la culpa. En ese trayecto aparecen momentos de una intensidad extrema que rozan directamente el cine de terror, como la secuencia en la consulta del dentista. Es una escena especialmente dura, quizá de las más dolorosas que recuerdo en una confrontación entre víctima y verdugo, precisamente porque evita el efectismo y se sostiene en una tensión casi insoportable.

La homilía sitúa al espectador en una posición muy concreta y deliberadamente incómoda. La película no permite la distancia ni el refugio emocional: uno se descubre inquieto, incluso en tensión física, sin querer escuchar lo que se está diciendo y, al mismo tiempo, obligado a hacerlo. No hay escapatoria posible. Es en ese punto donde La luz articula con mayor precisión su propuesta, forzando una incomodidad que no es gratuita, sino estructural, y que forma parte del propio sentido de la película.

En el apartado interpretativo, Alberto San Juan firma un trabajo sobresaliente. Sostiene la película desde un lugar extremadamente complejo, sin recurrir en ningún momento a la empatía fácil ni al subrayado emocional. Su personaje está construido desde la contradicción permanente: la culpa, el miedo, la fragilidad y una voluntad de redención que nunca termina de concretarse de forma clara o reconfortante. Todo ello se articula desde una contención que evita el exceso y refuerza la densidad del conjunto.

La luz acaba siendo una película profundamente incómoda precisamente porque desplaza el foco hacia quien ejerció el daño, algo poco habitual en este tipo de relatos. Desde esa decisión, construye una reflexión dura sobre la responsabilidad, la culpa y la imposibilidad de reparar plenamente lo ocurrido. No es una película cómoda ni pretende serlo, y es precisamente en esa renuncia donde encuentra su mayor coherencia.

 

Sinopsis:
Manuel es un sacerdote muy querido en su comunidad que está a punto de abandonar la Iglesia para empezar una nueva vida. Sin embargo, cuando un oscuro episodio de su pasado amenaza con salir a la luz, se verá obligado a enfrentarse a las consecuencias de sus actos y a desafiar a la institución que lo protegió durante años.

 

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