La extraña pareja: La rodilla de Clara y Tiempo (By Néstor Juez)

El ser humano guarda una conexión indeleble con esa Tierra que habita a través de unelemento imprescindible que nos compone. Al igual que muchos de los espacios y criaturas que nos rodean, somos agua. El agua y su representación se prestan a un amplio abanico semántico. El líquido elemento sirve también como herramienta cinematográfica de posibilidades significantes muy diferentes para cada película. El agua va a ser el vínculo que una a estas dos dispares películas que vamos a confrontar en el presente texto. Conecta a dos películas tan opuestas como La rodilla de Clara (1970) de Éric Rohmer y Tiempo (2021) de M. Night Shyamalan. Dos títulos representativos de los respectivos estilos de sus talentosos realizadores que demuestran como se puede utilizar un elemento natural como un actor cinematográfico mas, de plena presencia dramática y tonal. 

 

En el caso del clásico de Rohmer, por supuesto, nos encontramos en el territorio del cortejo estival. De un relato sereno de días de reposo, sociabilización y curiosidad libre. Un período de unas pocas semanas en las que un hombre joven se deleita con el juego de la especulación amorosa. Un atento y observador escritor que haya solaz estudiando de cerca a atractivas adolescentes, que le interesan más por las derivas dialécticas que le ofrecen o por la experimentación de su capacidad de influencia emocional y psicológica sobre ellas que por la consumación carnal de la pasión. La conquista como distracción, la seducción liviana de naturalidad y aparente inocencia como campo de pruebas del alcance del encanto. Un estudio en directo de los mecanismos de la pulsión, y una atrevida inmersión en los territorios del deseo hacia una muchacha esquiva, que se ama mas por lo que representa que por lo que realmente es. 

 

Amor y deseo fluido, libre, sin responsabilidades. Y por lo tanto, líquido. Los personajes se encuentran permanentemente rodeados de agua. La acción de la película tiene lugar en los idílicos parajes de Annecy, situada en un enorme lago. Lago sobre el que nuestros personajes circulan continuamente en lanchas. Un lago calmo y profundo que refleja el sol sobre sus lisas pieles, y que, en su comportamiento, refleja las maneras de proceder del protagonista con las diferentes jóvenes a las que corteja a lo largo del metraje. Líquido y amor libre, sin ataduras, sin normas. Pasión desde la calma, deseo ardiente en cálida tranquilidad. Calor, baño, carne desnuda y pulsión en natural convivencia con el regocijo vacacional. 

 

Los personajes de Tiempo se encuentran a los pocos minutos de película aprisionados. Encerrados sin remedio en una prisión de barreras invisibles. Contenidos en un espacio de cualidades por descubrir. Elegidos de diferentes edades y procedencias que pronto se ven embargados por el agobio del desconcierto y la impotencia. Que ven como un espacio natural de ensueño se convierte ante sus ojos en territorio de pesadilla. Un entorno donde re-contextualizar sus inquietudes existenciales debido al cambio radical del ritmo al que cada uno de ellos experimenta las acciones de su vida. Macabro experimento con cobayas que asisten impertérritos a la mutación de sus cuerpos ante la mirada penetrante y oculta de un demiurgo distante (Shyamalan delante y detrás de la cámara). Los personajes están retenidos por un lado por el desfiladero. Y por el otro, por el mar.

 

Como sucede habitualmente, Tiempo destaca no tanto por su argumento basado en un cómic, sino por la virtuosa realización del siempre predecible director de Filadelfia. Su libre y siempre original lenguaje visual se traduce aquí en una apasionante propuesta de movimientos de cámara. Múltiples secuencias se recogen en un único plano abierto en frenético movimiento circular, trazando un recorrido en el que pequeños cambios se van introduciendo en la imagen conforme se dan varias pasadas por el mismo punto del espacio. Unas desasosegantes ráfagas que invocan en su movimiento al oleaje. Cámaras y olas que atacan a los torturados personajes de manera pendular, que les conceden pequeñas treguas para volver a la carga segundos después. Una cárcel en movimiento, una opresiva puerta líquida que refleja el irrefrenable y despiadado paso del tiempo. Azotes puntuados de agua en su expresión más violenta e imágenes inmisericordes con sus víctimas narrativas. El líquido elemento en su faceta mas temible, escenario perfecto para retratar la agonía de los desgraciados sujetos del macabro experimento. 

 

En estos tiempos líquidos en los que nos encontremos, es inevitable que nos encontremos con manifestaciones de nuestra fluidez vital en el séptimo arte. Pero basta una pequeña búsqueda para constatar que nos hemos servido del abanico de significados del agua desde que el cine es cine. 

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