Día de lluvia en Nueva York (Woody Allen, Estados Unidos, 2018)

Ha tardado casi dos años Woody Allen en estrenar la penúltima película que rodó en nuestra cartelera. La sociedad parece haberle condenado sin juicio al ostracismo. A contracorriente ha decidido apostar por el estreno de un autor imprescindible y España ha decidido producirle y San Sebastián ser el plató inigualable para su última creación, grabada este año.

La pregunta que deberíamos hacernos es si Woody Allen está osidado, parece entregar y realizar películas con desgana, por el mero hecho de hacerlas, de convertir su imaginario en una de las carreras más proclives del panorama itnernacional, pero lo cierto es que las películas realizadas como churros pierden su gracia, su encanto y, sobre todo, su esencia.

Acudimos a ver lo nuevo de Woody Allen con la esperanza de que caiga del lado de Blue Jasmine o incluso de Wonder Wheel, unos talismanes en el último camino de decepciones manifiestas del neoyorkino. Pero por contra, lo hace más del lado de Conocerás al hombre de tus sueños, Irrational man, Magia a la luz de la luna o A Roma con amor. Películas intrascendentes, en ocasiones amenas, pero innecesarias y tan livianas como olvidables.

No consigue elevar la película ni siquiera un Thimotee Chalamet que naufraga por primera vez en la recreación de este joven de otro universo, una especie de náufrago social (permítanme la redundancia) que transita en el Siglo XXI aunque seguramente su mente esté en el Siglo XIX. En lugar de ser un trasunto de Woody Allen, como lo fue recientemente Jesse Eisenberg, Chalamet es el Woody Allen actual en el cuerpo y la mente de un niño. Un hombre condenado a la repudia, al ostracismo, un hombre que sólo es dueño de su amor al arte y al jazz sabiéndose contemplado por los demás. Y aún así, no convence, porque no tiene matices, porque el desarrollo es tan banal, superfluo como intrascendente. Y porque lo que vemos lo hemos visto antes cien mil veces mejor rodado e incluso también dirigido por él.

La nostalgia, el amor, la bucólica existencia, el sexo, los anhelos, los deseos, la inocencia, los secretos familiares, todo hace un cocktail que, a priori, debería ser más interesante. Pero se va diluyendo por el camino y eso que lo más superlativo de la película es y será Elle Fanning, esa mujer con aspecto de niña mágica, que todo lo que toca, lo engrandece. Aquí el papel a tener en cuenta es el de ella, si bien es mucho más bobalicón que a lo que Woody nos tiene acostumbrados. Elle enamora, y también desespera, pero jugamos a su juego, aunque sólo nos entretengan.

No parece que queden buenos tiempos para el maestro Woody Allen, aunque como bien dice: “Una vez muerto, como si tiran mis películas al mar. La posteridad me importa un pito”. Seguiremos esperando, a lo mejor hay algún diamante nuevo…

 

Sinopsis: Gatsby Welles (Timothée Chalamet) y Ashleigh (Elle Fanning) son una joven pareja enamorada de universitarios que se dispone a pasar un fin de semana en la ciudad de Nueva York. Ella va a entrevistar al reconocido cineasta Roland Pollard (Liev Schreiber), que pasa por un momento de crisis creativa, y durante su azarosa aventura conocerá al cautivador actor Francisco Vega (Diego Luna). Por su parte, Gatsby también conocerá a una joven, Chan (Selena Gómez), que le ayudará a poner en orden sus sentimientos. El lluvioso fin de semana estará plagado de encuentros, desencuentros y equívocos.

Nota: 5

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