Yucatán (Daniel Monzón, España, 2018)

Telecinco y 20st Century Fox producen la nueva película de Daniel Monzón, Yucatán, que será un éxito de taquilla casi seguro pero que a nosotros nos ha dejado bastante mal sabor de boca.

Daniel Monzón se estrelló también con El niño y mira que venía de rodar Celda 211, que sin ser una maravilla si que aglutinó a favor a buena parte de la crítica cinematográfica y se ganó también el favor del público que previamente había visto el anuncio de la cinta cada noche en Telecinco desde tres meses antes de su estreno, todos y cada uno de los días. Y previo también a las nominaciones a los Goya, que fuera de prestigio cinematográfico alguno, para el espectador de a pie, sí que da pedigrí. Pero parece Monzón venderse al mejor postor (que suele ser Telecinco, así lo atestigua también El niño) y con ello llegar al “gran público” en detrimento de su prestigio cinematográfico y su carrera autoral, si es que alguna vez la tuvo.

El timo. Ese gran compañero del imaginario audiovisual del espectador medio desde tiempos ancestrales. Así podemos recordar entre grandes éxitos españoles Los bingueros o Atraco a las tres o cualquier película de Bayona, aunque eso sea otro timo diferente. Ese ufano Robin Hood que traemos todos dentro, contrasta con la necesidad imperiosa de quitar al rival más fuerte su poder y afanarnos de conseguir su tesoro. El hurto pero desde las altas esferas, desde la representación teatral más caricaturesca y el espectáculo como forma de dar el gran golpe. Por algo Monzón hizo una de sus primeras películas El robo más grande jamás contado con un gran golpe de por medio. Y se podría decir que cerrando el círculo su película también lo es: Un timo.

La mordacidad que se pretende para una historia sobre timadores brilla por su ausencia, se presenta todo de una manera burda, esquemática y sin arcos de transformación con una necesaria historia de amor a tres bandas pero que es incapaz de sostenerse, el conflicto emocional persiste únicamente porque el centro del triángulo, la chica, lo expone verbalmente. Sino deberíamos imaginarlo, nadie ni nada nos lo cuenta, lo que es más preocupante.

Pero aquí Monzón no arriesga nada. Quiere llevar a adolescentes al cine y también a señores de la tercera edad. Quiere un barco impresionante y muchos y variados chistes de perdedores. Quiere numerosos escenarios y quiere hacer reir al gran público, quieren que salgan con una sonrisa de la sala oscura y, si se puede, llegar a emocionarles en algún instante. Pero nada funciona: La acción o el hilo narrativo es cansino y repetitivo; La gracia no se le encuentra por ninguna parte, los chistes son tan elementales y la realización tan paupérrima que no llega ni siquiera a hacernos sonreir; algunas interpretaciones dejan mucho que desear, por mucho de tratarse de actores y actrices tremendamente conocidos. No creo que se buscara una caricatura. Algo irreal. Si es así está conseguido.

Mención aparte para el protagonista Joan Pera, que es quien salva a este crucero del naufragio con una notable transformación psicológica y con una interpretación entre el encanto y la ternura.

 

 

 

 

Sinopsis: Lucas (Luis Tosar) y Clayderman (Rodrigo de la Serna) son dos estafadores, profesionales del engaño a turistas ingenuos en cruceros de lujo. Hace años trabajaban juntos, pero la rivalidad por Verónica (Stephanie Cayo), la bellísima bailarina del barco, les hizo perder la cabeza y dio al traste con su sociedad. Ahora trabajan por separado, Lucas en el Mediterráneo y Clayderman en el Atlántico. Ese fue el acuerdo. Pero un inesperado botín impulsa a Lucas a irrumpir en el barco de su exsocio, lo que convierte la exótica travesía de Barcelona a Cancún, pasando por Casablanca, Tenerife, Brasil y la selva de Yucatán, en un encarnizado duelo de tramposos sin ninguna regla, pero muchos golpes bajos.

Nota: 4

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