LESGAICINEMAD 2025: Out, Young Hearts y Lillies not for me
Tres películas con una peculiar perspectiva sobre crecer y la identidad, unidas por el mismo impulso: encontrar un sitio donde el anhelo no sea ni pecado, ni un secreto, ni un simple consuelo. Out, Young Hearts y Lilies Not for Me son relatos sobre el cambio, del miedo a la libertad, de la niñez a la madurez, y también del silencio a las palabras. Juntas, estas películas trazan un mapa emocional del futuro queer contemporáneo.
En Out, dirigida por el neerlandés Dennis Alink, el inicio es clásico y bastante doloroso. Tom y Ajani, soñaban una vida donde el amor no fuera oculto. En su pueblito, la represión no necesitaba uniformes ni leyes, solo las miradas, la costumbres y el peso de lo que siempre ha sido. Huir a Ámsterdam, es como una promesa ¿de libertad?, sin embargo Alink no se deja engañar por la ciudad vista como paraíso. Su mirada es más honesta: el viaje no cura las heridas, las traslada, eso es todo. Out funciona como un relato de autodescubrimiento, más que sobre un pensamiento sobre la invisibilidad.
El amor entre Tom y Ajani no se filma desde el anhelo, sino desde la urgencia de verse reflejados, de ser aceptados en un mundo que aún no ha aprendido a mirar sin juicios.
La cinta se construye con el silencio, con huecos visuales, a través de una fotografía que trasmite una tristeza latente. Alink rueda sin artificios, con mucha empatía, y nos recuerda que el camino a la libertad a veces es una escapada.
En Young Hearts, el tono se vuelve más dulce. La peli observa a dos chiquillos entrando en la adolescencia, en esa tierra de nadie donde la amistad coquetea con el deseo. Elias, con catorce años, se enamora del nuevo vecino; y lo que viene no es amor, es descubrimiento. La película muestra con sensibilidad ese instante donde todo cambia sin entender el porqué: las emociones crecen, los cuerpos despiertan, y el mundo, de repente, se hace demasiado vasto. Lo más preciado de Young Hearts, es su perspectiva: sin morbosidad, sin dramatismo, sin palabrería.
La cámara, mirándote con esa inocencia, permite que los ademanes hablen, reemplazando palabras. Allí se encuentra timidez, curiosidad, hasta miedo, y mucha ternura. Principalmente, una verdad brilla intensamente: el primer sentir queer a veces nace de la sorpresa, no del dolor. Es una peli pequeña, frágil, pero tremendamente sincera.
En «Lilies Not for Me», el estadounidense Will Seefried teje una narrativa mucho mas profunda y madura, comenzando con el reencuentro entre un escritor y su enfermero psiquiátrico. Esa relación, aparentemente terapéutica, se transforma lentamente, en una profunda exploración del trauma y de amores reprimidos. A través de «citas» orquestadas por un médico, Seefried ofrece un diálogo vibrante entre el pasado y el presente, el deseo y la culpa, y esa lucha constante por sanar, una meta tal vez inalcanzable por completo.
Su tono, un constante vaivén entre la delicadeza y la intensidad, donde reside su mayor poder; «Lilies Not for Me» revela la cicatriz imborrable de intentar borrar quién se es, mostrando cómo la vergüenza y el deseo se entrelazan en un mismo acto. Siendo una película más cerebral que visceral, pero no por ello menos humana. Will Seefried filma con sutileza, creando un espacio donde la palabra se transforma en carne y hueso, y el recuerdo se erige como una forma valerosa de resistencia.
Estas tres obras, entrelazadas, pintan un camino emocional del crecimiento queer: la huida (Out), el hallazgo (Young Hearts), la aceptación (Lilies Not for Me). Son tres hitos de la misma educación sentimental, sin intención de predicar ni izar banderas; todas, a su forma, claman el derecho a existir libremente.
En esta era donde el mercado mercadea lo queer como simple estética, filmes así nos recuerdan que la diferencia persiste como un acto político. Mostrarse, amarse y contarse sigue siendo resistir.
Después de verlas, no queda una lección, sino una sensación: la firme convicción de que crecer, para quien se sabe diferente, es un verbo que se conjuga en soledad, pero también en esperanza. Y cuando el cine se enfrenta a esa soledad, no la transforma en tragedia, sino en acompañamiento.
