La extraña pareja: Passion Simple & Carretera perdida

En La extraña pareja nos desviamos del habitual monólogo sobre la película de turno para buscar el diálogo, la dialéctica entre largometrajes. Una sección libre de restricciones ni guías de ruta en la que pretendemos encontrar sinergias. Una vez al mes, reuniremos frente a frente una dupla de títulos a priori dispar o incompatible pero que, con la atención adecuada, puedan suscitar una rica conversación, o ofrecer reflexiones atractivos sobre aquellos rasgos en común que oculten. Sin más preámbulos, os invitamos a que nos acompañéis en esta aventura.

La naturaleza humana es la materia nuclear de la que se sirve el medio cinematográfico para moldear sus relatos. Nuestras obsesiones y necesidades son componente intrínseco del gran cine, y es imprescindible que este refleje también nuestra naturaleza animal. Y como elemento inherente a nuestra animalidad, el sexo es determinante. Nuestro sentimiento de culpa cultural y moral fuerza a apartarlo a menudo de los relatos de la gran pantalla, y no puedo más que agradecer aquellas obras fílmicas que lo incluyen con naturalidad y sin complejos. Y a su vez, llama notablemente mi atención la variedad de miradas desde la que puede filmarse, más aún ahora que a nivel social se empieza a variar la mirada masculina hetero-normativa habitual. Y es a través de la necesaria y siempre fascinante sexualidad que aproximaré el diálogo entre estos dos jugosos títulos.

Dos películas en las que la conexión resulta sencilla, pero incluso en ella hay diferencias radicales de estilo. Dos épocas, dos tradiciones y nacionalidades. Un clásico contemporáneo y un preciso drama romántico que bien haríamos en sustraerle del olvido al que temo que está destinado. Nos referimos a Carretera perdida de David Lynch y a Passion simple de Danielle Arbid. Dos películas que no podrían entenderse sin el omnipresente deseo que las pueblan. Pero, al igual que sus tonos y géneros son radicalmente opuestos, la perspectiva desde la que se encuadra el intenso sexo de ambas es muy dispar. Ambos fundamentales para sus personajes, pero la manera de vivirlo en ambos obedece a diferentes parámetros.

En el caso de la película de Arbid, sorprende sobremanera durante los primeros compases de la proyección por su directa sencillez, por su rigurosa estructura narrativa de conceptos y arquetipos. Es un filme refrescantemente elemental, centrado en la disección matizada de un único conflicto. Y para ello se representa con unas formas fílmicas lejanas a cualquier exhibición o fruslería aparente. Una película de ideas, tan concreta como rica para la reflexión. Un romance a escondidas entre una madre y un misterioso y distante galán ruso. Una relación sustentada sobre encuentros fortuitos de naturaleza únicamente sexual. Unos escarceos ligeros que derivan en una abrasiva obsesión. El personaje de Laeititia Dosch ansía tan sólo volver a ver a este bello y joven galán, y su vida ya no tiene otro sentido que acostarse con él. Lo que empieza siendo un misterio y un liberador capricho puntual deviene en necesidad vitalicia, incapaz ya de vivir minutos de su día sin él. Y el sexo ocupa infinidad de planos en varias escenas.

Arbid recurre a una fotografía luminosa y a los planos cerrados, en un filme delicado y contenido pero con un tono alegre pese a su naturaleza malsana. Intenso y bastante explícito en su representación sexual. Un sexo natural, eminentemente corporal en sus encuadres de caricias y partes del cuerpo, nada espectacularizado, lejano a los libros de estilo habituales del glamour cinematográfico (sábanas y roce casto sin vistazo alguno a zonas erógenas). Un sexo despojado de intereses implícitos, animal conquista y desenfreno en la que sobran las palabras. La coreografía y sincronía absoluta de los cuerpos al placer como único objetivo. Del encuentro apasionado a la persecución de un amante inquietante que se evade tan raudo como aparece. Obsesión viciada pero desde un prisma vitalista. Subconsciente retratado a partir de los movimientos.

Poco tiene que ver la elegancia de Passion simple con el salvaje y bronco estilo de Carretera perdida, el filme mas crudo y gamberro de Lynch. Un deleite de estilo y puesta en escena, un laberinto de desdobles de personalidades y fusión de pesadilla y realidad que apuntaba las coordenadas estructurales de Mulholland Drive. Y a su vez, referente de lo que podríamos dar en llamar estética noventera que tanto popularizaría años después Matrix: cuero, ruedas y música electrónica (esta es sin duda uno de los grandes valores de la película: no sólo por su gran calidad, sino por suponer los primeros pasos de Trent Reznor, aquí de la mano de Nine Inch Nails, en una trayectoria en bandas sonoras que acabaría siendo suculenta). Y en este magnético y abrasivo cóctel de fascinante personalidad fílmica, el sexo está también presente.

El personaje de Bill Pullman primero y, sobre todo, el de Balthazar Getty, encuentran en la práctica sexual su actividad mas habitual (en el caso de ambos, principalmente, con los personajes de Patricia Arquette). No en vano, una pareja de policías ofrecen un gag al respecto de los hábitos del personaje de Getty. Un sexo, por redundante que sea, planificado de manera sensual e incluso hipnótica. Pero muy diferente a las propuestas estilísticas de Arbid. Es un sexo mucho más estilizado, más elegante, pero también mas peliculero, menos explícito (aparte de pechos femeninos, ni rastro de zonas erógenas). 

Un sexo en el que juega un papel sensorial mas importante la música que lo acompaña o las miradas de los actores que la propia cópula. Una planificación en la que la cámara se aleja más de la acción, incluyendo siempre a ambos amantes en sus encuadres en todas sus dimensiones físicas. Danzas íntimas que, si bien no nacen de obsesiones, guardan un cariz perverso. Pero allí donde para Dosch el sexo era sentido vital, para Getty es un pasatiempo, una distracción, una manera de presunción y de afirmación personal. Una vía de evasión del abismo. Escapada de los infiernos de la mente, de la pesadilla onírica. 

El deseo sexual cómo pulsión de vida y motor de cine. Devoración carnal y dominación pasional como fuga de la obsesión y del tormento interno. Sexo como ingrediente a reivindicar del Cine en mayúsculas, y sexo que, afortunadamente para nosotros, puede ser aproximado por la cámara de maneras diferentes, enriqueciéndose mutuamente. Un discurso que no debemos permitir que las grandes corporaciones silencien. 

Néstor Juez

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