Amarga navidad (Pedro Almodóvar, España, 2026)

Siempre se asiste a una nueva película de Pedro Almodóvar con una mezcla de ilusión y miedo. Ilusión porque puede firmar obras extraordinarias como Dolor y gloria, una de las mejores de su etapa reciente; miedo porque también puede entregar trabajos mucho más discutibles como Madres paralelas, una película que tiene muchos defensores pero en la que personalmente nunca terminé de entrar.

Además, hay algo curioso en su filmografía reciente: parece alternar aciertos y tropiezos. Película buena, película mala. Tras La habitación de al lado parecía tocar una menos inspirada… y lo cierto es que con Amarga Navidad cuesta decidir si estamos ante una mala película, pero desde luego tampoco parece una buena.

El principal problema está en el guion. La película quiere abarcar demasiadas cosas al mismo tiempo y termina perdiendo fuerza por el camino. Además, sufre lo que podría llamarse el síndrome de la “película ombligo”. Almodóvar ha llegado a un punto de su carrera en el que parece menos interesado en hablar del mundo que en hablar de sí mismo. Ya ocurría en Dolor y gloria y vuelve a ocurrir aquí. Puede ser interesante en ciertos momentos, pero cuando toda la película gira alrededor de la posición del propio creador en el mundo, el resultado termina resultando algo cansino.

El dispositivo narrativo vuelve a ser parecido. Un director de cine escribe una historia. Aquí el narrador es Leonardo Sbaraglia, que interpreta a un cineasta que está desarrollando un guion sobre mujeres atravesadas por el duelo: la muerte de un padre, de una madre, de un hijo. Historias de pérdida que el personaje intenta transformar en material cinematográfico.

El problema es que Almodóvar complica innecesariamente la narración. La historia que escribe el personaje se encarna en otros personajes dentro de la propia película, pero al mismo tiempo se mezcla con elementos de su vida personal. El resultado es que en algunos momentos no queda claro qué pertenece al personaje y qué pertenece a la persona que lo inspira. La narración se vuelve confusa, deshilvanada, y eso termina afectando al desarrollo de los personajes.

Aparecen varios secundarios que apuntan a tener una importancia mayor —probablemente dentro de la película que el personaje está escribiendo— pero que después desaparecen sin un destino narrativo claro. El espectador se queda con la sensación de que había historias potencialmente interesantes que nunca terminan de desarrollarse.

Entre los secundarios aparece también Patrick Criado, que ofrece probablemente la interpretación más tórrida de la película. Su personaje parece tener una vida interior mucho más compleja de lo que finalmente se nos permite ver. Criado construye una presencia cargada de tensión emocional y de intensidad física, con una energía que apunta a algo más grande, pero el guion nunca termina de darle el espacio necesario para desarrollarse. Es uno de esos casos en los que el actor parece estar ofreciendo más de lo que la propia película es capaz de sostener.

Algo parecido ocurre con el personaje interpretado por Leonardo Sbaraglia y con la presencia de Quim Gutiérrez. De Sbaraglia se percibe un malestar constante, una incomodidad emocional que podría haber sido el verdadero motor de la película si el relato hubiera decidido explorarla con mayor profundidad. Sin embargo, la historia parece más interesada en las ideas que el personaje verbaliza que en el conflicto interior que realmente podría hacerlo interesante.

Más desconcertante resulta el caso de Quim Gutiérrez. Se supone que estamos ante un buen actor, pero su presencia en la película queda reducida a un papel casi anecdótico. Su personaje parece existir únicamente para escuchar al director protagonista, para convertirse en una especie de receptor pasivo de sus reflexiones. Si la intención es que funcione como un trasunto del propio compañero sentimental del cineasta —algo que el espectador podría intuir— el resultado termina siendo incluso algo incómodo: un personaje prácticamente vacío cuya función narrativa se limita a estar ahí mientras el director habla y a compartir únicamente aquello que el director decide compartir con él.

Dentro de la historia que escribe el personaje de Sbaraglia aparecen también los personajes de Victoria Luengo y Milena Smit. Ambos cargan con situaciones profundamente dolorosas, pero el espectador nunca termina de sentir ese dolor. No es un problema de interpretación ni de las tragedias que viven los personajes, sino de construcción dramática. Las situaciones están tan subrayadas que terminan resultando estereotipadas.

Hay un momento especialmente revelador: un personaje rompe a llorar escuchando una canción de Chavela Vargas, en una escena muy almodovariana. Sin embargo, la emoción no aparece. En el pasado el director ha logrado momentos verdaderamente memorables utilizando la música —como sucedía con Caetano Veloso— pero aquí la escena parece pedir emoción sin haberla construido previamente.

Algo parecido ocurre con el personaje de Milena Smit, que vive un duelo devastador con claras reminiscencias a La habitación de al lado. De hecho, hay varios ecos directos de esa película, incluso en escenas ambientadas en el hospital que remiten claramente a situaciones vistas allí.

La película también vuelve sobre algunos de los elementos habituales del universo almodovariano: los camerinos, los cuerpos, los desnudos, el deseo y el propio proceso de investigación emocional que acompaña a la creación artística. Todo eso está presente, como lo ha estado en muchas otras películas de Pedro Almodóvar. En ese sentido, Amarga Navidad es una película profundamente almodovariana. El problema es que esta vez esos elementos aparecen sin la hondura emocional y sentimental que solía acompañarlos.

En el apartado técnico, en cambio, la película mantiene el nivel habitual del cine del director. La música de Alberto Iglesias vuelve a ser fascinante, aunque aquí incluso se reutilizan fragmentos de composiciones anteriores, como si el cineasta ya estuviera en un punto de su carrera en el que puede citar su propio universo musical. La fotografía es excelente, el montaje funciona con precisión y la dirección artística vuelve a ser uno de los grandes placeres del cine de Almodóvar: entrar en sus casas, en sus espacios, en su mundo visual.

Lo que menos funciona quizá sean los momentos musicales. No terminan de resultar creíbles y da la sensación de que están introducidos con calzador, como si el espectador tuviera que emocionarse por obligación. Hay uno especialmente desconcertante, vinculado a una fiesta cuya importancia dentro de la película resulta difícil de comprender. Son cerca de diez minutos que parecen no aportar nada y que probablemente la película habría agradecido perder.

En el fondo, Amarga Navidad vuelve a girar alrededor de los grandes temas que ya estaban en Dolor y gloria: la soledad, la muerte, el deseo, el amor y la conciencia de que el deseo también se acaba perdiendo con el tiempo. Pero, sobre todo, habla del dolor. Del dolor profundo que acompaña a quienes han perdido algo o a alguien, y de cómo ese dolor solo se vuelve soportable gracias a la presencia de quienes todavía permanecen cerca.

Es una verdadera pena. Porque uno reconoce el universo del director, reconoce sus obsesiones y sus códigos, pero no encuentra la emoción que solía sostenerlos. Y por eso, pese a algunos momentos interesantes y a interpretaciones que apuntan alto, Amarga Navidad termina cayendo del lado de las películas menores dentro de la filmografía de Pedro Almodóvar.

 

Sinopsis: Elsa es una directora de publicidad cuya madre muere durante un largo puente del mes de diciembre. Encuentra refugio en el trabajo, aunque es más bien una huida hacia adelante. Trabaja sin parar y, sin darse cuenta, no se concede el tiempo necesario para guardar el duelo por la ausencia materna. Hasta que una crisis de pánico la obliga a detenerse e imponerse un descanso. Su pareja, Bonifacio, es su tabla de salvación en esos momentos de crisis. Elsa decide viajar a la isla de Lanzarote acompañada por su amiga Patricia, que también necesita alejarse de Madrid, mientras que Bonifacio se queda en la ciudad.

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